miércoles, 24 de enero de 2018

Falsos

Estaba desnuda, abandonando una casa en ruinas y llena de sordos en la que había estado llorando. Sólo tenía un libro en la mano y me abracé a él para cubrir mi pecho, en el que el miedo ya había encontrado cobijo. Era un libro de tapa blanca, con textos dorados y dibujos grises, de ficción, grande y que no había leído todavía. Era lo único bueno y lo único puro. Lo estreché con fuerzas y caminé, desechando las ganas de llorar. En mis manos sentí su textura.
El cielo se veía pálido y desalentador. Atravesé capillas unificadas en un circuito inquietante. En sus banquillos conté decenas de religiosos rezando con los ojos cerrados y ataviados con ropajes marrones. Seguía desnuda; sentía el aire contra mi piel. El libro cayó de mis brazos en un punto, pero no sé cuál. El miedo aumentó. Avancé, intentando esconderme. Las paredes se fueron tornando blancas y metálicas y el techo se hizo más bajo. Estaba en una instalación donde el hermetismo era un factor importante. Encontré dos salas de control con monitores conectados a cámaras de vigilancia. No había nadie controlándolos. Hallé cable y lo tomé, como si supiera qué me deparaba luego. El sitio era más opaco, fundamental, y se había cerrado sobre sí mismo, conmigo dentro de él. Sabía que no había tiempo y que no era opción detenerme a pensar.
Continué y percibí la cantidad de almas que estaban acompañándome. Eran muchas; no sé el número. Sentí la energía proviniendo del corazón del edificio y fui, sin vacilación. En el mismo vi mujeres jóvenes, algunas, desnudas, tratando de resistir a la fuerza de su captora, una mujer mayor que poseía un poder sobresaliente. Había gritos y locura y sentí en mis pulmones el hormigueo de la atmósfera cargada de electricidad. La mujer líder hacía dibujos amarillos en el aire y torturaba a las chicas. No era el infierno, pero era una instancia previa. Alcé mi vista a través de la estática y vi el rostro de la mujer. Tenía ojos pequeños y el cabello oscuro atado. Percibí que no era una mujer, sino alguien que conozco desde hace veintisiete años y medio, que estuvo ocultándose de mí todo este tiempo, y, recordando los consejos de los sabios, marché hacia ella con el cable en la mano. Intenté ahorcarla con él, pero el cable se deshizo sobre su garganta.
Me siento mareada al recordar.
La mujer sonrió y echó a reír cuando vio que ya no disponía del cable. Grité y les ordené a las chicas correr conmigo. Huimos de la torturadora y nos introdujimos en pasadizos que se enroscaban. El terror corría con nosotras. Los hombres del edificio estaban atrapados en otro lugar y no podíamos ayudarlos. Oíamos la risa de la mujer y no era la primera vez que las chicas intentaban escapar. Muchas lloraban. Sin salida, vimos un agujero a un lado del camino, en una ruptura del techo. Se habría roto una cañería cerca, porque por ahí caían gotas de agua. Propuse trepar por ahí y me ayudaron a subir. Recuerdo el tacto de mis pies sobre la pared, que tenía ladrillos cubiertos de verdín, y la fuerza de mis manos cuando escalé sujetándome de las irregularidades. Resbalé un par de veces. Perdíamos tiempo y la mujer estaba alcanzándonos. Gritamos. Pedí a una de las chicas que con sus manos me hiciera de escalón y logré salir. Estiré mis brazos para ayudar a subir a una chica que presentaba un embarazo avanzado. Salió y me arrestó un poderoso dolor de cabeza que me mareó y me hizo caer de espaldas contra una pared. Cerré los ojos y vi un dibujo. La mujer intentaba hipnotizarnos, pero me resistí y logré evitarlo. Tuve ganas de vomitar y perdí presión sanguínea. Miré a la chica embarazada y no logré sujetarla; se lanzó al agujero por el que había escapado conmigo. Oí a las chicas gritando abajo. Su nombre era Kimby o algo así... Oí que la mujer las atrapó y comencé a correr. Conmigo corría una chica que había logrado escapar por otra sección. Nunca supe su nombre. Tenía cabello rubio y largo, atado en una cola de caballo, y vestía un uniforme negro. Me dijo que me apresurara. A nuestro paso se abrían y cerraban puertas electrónicas. Entendí que estaban jugando con nosotras y que debí haber roto los monitores de las cámaras de seguridad cuando estuve en la sala de control. Corrí; correr era todo; era la vida a la que nos aferrábamos. Luego de pasar tres áreas en que pudimos elegir bien, alcanzamos un patio externo en cuyo final había un portón y hacia la derecha había una puerta metálica. Ambos estaban abiertos. Mientras mi compañera eligió la puerta de la derecha, más cercana, yo fui directo al portón. Corrí como no he corrido nunca y cerré los ojos para que, si no lograba salir, al menos me reventara la cabeza contra los barrotes. Oí un ruido detrás mío, abrí los ojos y miré. El portón se había cerrado a mis espaldas. Yo estaba en la calle, pero mi compañera había quedado del lado de adentro. En sus ojos se advertía desolación y furia. Miré entorno mío y vi gente, aunque nadie reparaba en la instalación que acababa de abandonar. Volví a observar a la chica y la vi sonriendo. El cielo se volvió celeste, salió el sol y brotaron flores a los lados del camino. Había felicidad. Adquirí ropa mágicamente, un uniforme azul con botones y vivos dorados. Todo estaba bien. Caminé, satisfecha, y oí que alguien me daba buenas noticias.
Y sobrevino un instante aterrador en que entendí que eso era mentira. El cielo celeste, el sol, las flores y la ropa de colores eran un holograma. Mi amiga sonriendo era un holograma. La felicidad era un holograma. Lo único real era que yo estoy desnuda y que en algún lugar hay una cosa con forma de mujer torturando gente. Lo único real eran los gritos de las chicas que todavía están atrapadas ahí.

Desperté pocos minutos antes de que dieran las diez de la mañana. Es la segunda vez que visito ese lugar.

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